Con la llegada del diagnóstico del cáncer nos vemos arrastrados por muchas emociones. Las dudas sobre el futuro, sobre el tratamiento, las secuelas… Nos centramos en ir afrontando cada paso, como si quisiéramos escalar una montaña. Y una vez que parece que todo ha pasado, que el cáncer ha remitido y estamos en lo que creíamos que sería la cima, aparece una nueva e intensa emoción: el miedo a la recaída.

Es algo normal. Pasar un proceso oncológico es una experiencia que no queremos repetir. Además, esta emoción tiene su función. El miedo, al fin y al cabo, nos hace estar alerta. Es por ello que el miedo a la recaída aparece no solo por temor a repetir a la experiencia, sino también para que podamos estar vigilantes respecto a cambios o posibles síntomas que nos deban hacer consultar con nuestro médico y tomar medidas a tiempo.

Entendiendo que el miedo a la recaída es una emoción no sólo válida y habitual, sino necesaria, el problema llega cuando se convierte en una obsesión que nos controla, y deriva en síntomas como el nerviosismo, la ansiedad, la tristeza o la hipervigilancia, que acaban afectando a nuestro día a día.

Por ello, es necesario no desterrar ese miedo, sino aprender a gestionarlo, tal y como nos enseñan las psicólogas María Ruesga y Ana Monroy en el taller “Aprendiendo a vivir con el miedo a la recaída”, en el que encontrarás algunas claves a tener en cuenta.

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Cómo se manifiesta el miedo

Tal y cómo señalábamos, el miedo a la recaída es un sentimiento habitual en los pacientes con cáncer. En ocasiones, aparece inmediatamente después de la remisión del tumor; en otras, se acrecienta en fechas o momentos señalados.  Por ejemplo:

  • Cuando se acerca una revisión.
  • Al acercarse una fecha especial como el día del diagnóstico, de la cirugía, etcétera.
  • Cuando una persona conocida es diagnosticada, tiene una recaída o nos hablan de un fallecimiento a causa de la enfermedad.

En estos momentos lo que nos ocurre es que nos desborda la sensación de incertidumbre, una emoción que también podemos aprender a manejar, y que ya hemos trabajado en otros talleres de la Asociación Española Contra el Cáncer.

Esta incertidumbre puede traducirse en falta de concentración, que nos cueste hacer cosas que antes hacíamos sin pensar, falta de sueño, irritabilidad, etc.

De esta forma, este miedo puede manifestarse de diferentes formas, en lo que se conoce como el “triple sistema de respuesta”. Este se resumiría en:

  • Lo que ocurre en mi mente. Nos desbordan pensamientos recurrentes de previsión del futuro, los llamados “y si…”. Esto dificulta estar atentos a otras tareas cotidianas.
  • Lo que ocurre en mi cuerpo. Síntomas parecidos a la ansiedad, dificultad con el sueño, tensión muscular, taquicardia, nerviosismo.
  • Lo que yo hago. Puede darse una evitación de todo lo que tenga que ver con la enfermedad, no contactar con nada o nadie que tenga que ver con el cáncer e, incluso, evitar citas médicas; o pasar al otro extremo, una hipervigilancia alrededor de cáncer. Esto nos lleva a estar más enfadados e irritables o sentir tristeza acusada.
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Qué podemos hacer para controlar el miedo

Lo primero que hay que matizar es que si la situación llega a un punto en el que el miedo nos bloquea para disfrutar o sobrellevar nuestro día a día será necesario acudir a un especialista en psicología para que nos ayude con la gestión del mismo.

Mientras, hay ciertas herramientas que nos pueden ser útiles para no dejar que toda nuestra energía se centre en luchar contra el miedo, y dejarnos sin recursos para el resto de nuestras actividades. El objetivo no es eliminar el miedo, sino hacerlo más pequeño para dejar más espacio a otras emociones del día a día.

  1. Pensamiento orientado al presente. El miedo nos genera un malestar para algo que no ha sucedido o no sucederá. Por eso centrarnos en lo que está pasando hoy. Es una pauta complicada porque conlleva mucha práctica. El miedo es tan grande que cuesta, pero con la práctica podemos ir desarrollando esta capacidad.
  2. Rutinas y planificación. Cuando el ser humano no tiene problemas determinantes es sencillo encontrar cosas que nos gustaría hacer, y si no las hacemos es porque no tenemos tiempo. Cuando una persona está mal es muy complicado volver a conectar con esas actividades. Por eso, es importantes volver a planificar rutinas y actividades que nos gustan. Leer un libro, quedar con un amigo, hacer deporte, para poco a poco ir recuperando nuestra vida.
  3. Relajación y meditación. Son importantes para ayudar a desactivar estos pensamientos obsesivos. Estos pensamientos activan nuestro nerviosismo, mientras que la relajación y la meditación nos ayudan a desactivarlos.
  4. Regulación emocional. Las emociones son adaptativas, vienen con nosotros. Sin embargo, es importante hacer un trabajo para identificarlas, ponerles nombre para entrar en contacto. El siguiente punto sería saber cómo expresar esa emoción, o incluso, saber cuándo y con quién quiero expresarla. Tenemos que tener en cuenta que no podemos obviarla, porque la emoción no desaparece, pero sí se puede gestionar.
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